Cuando Reinaldo vino a visitarme me encontró en el corredor contemplando los granados al ritmo compás de mi mecedora.
Me trajo sus poemas nuevos y su conversación ágil y acuciosa.
Parloteamos largamente, fue paciente y considerado al escuchar mi tartajeante voz y esperar que mi oxidado cerebro encontrara la palabra adecuada, esforzando en desarchivarla para formar ideas raídas, como los pantalones de los artesanos convertidos en mariachis por obra y gracia de la necesidad, que esa noche vinieron a darme una serenata por mi nonagésimo aniversario.
Su piedad fue aún más allá cuando me dijo: - ¿Por qué no escribes otros cuentos?
No obstante que esa petición fue un cumplido para hacerme olvidar, quizás, mi tiempo vencido, le voy a complacer.
La cantera de mis cuentos la encontré siempre en las calles bulliciosas de las ciudades o en las apartadas comarcas de pescadores y campesinos, donde iba a buscarlas de boca de sus protagonistas o espectadores presenciales.
Pero en este nuevo estado de mi vida, ensimismado, preso en mis achaques y presa de mis desvaríos, ¿quién me aportará el sustrato para imprimir rasgos de verdad en una mentira que pudo ocurrir?
No me queda otra alternativa que contarle parte de mi vida, la cual no es merecedora de escribirla, porque, es o fue una vida extremadamente convencional:
Mi pueblo, como todos, tenía una iglesia frente a una plaza y una plaza con árboles frondosos y una estatua en el centro y unos bancos alrededor de la estatua y unas casitas de bahareque y tejas ennegrecidas por el moho centenario, unas calles empedradas y otras no y una gente sobreviviendo a los excesos de la naturaleza: Luvias torrenciales, sequías eternas, plagas en los cultivos, epizootias, epidemias y malos gobiernos.
Sin embargo, tenía mi pueblo algo extraordinario, maravilloso, providencial, tenía un río, más bien, El Río.
El Río y El Campanario representaban respectivamente la libertad y los límites de esa libertad.
Los chiquillos nos aventurábamos por la rivera, descubriendo tesoros traídos por las aguas: botellas, ollas de aluminio martillados por el orfebre del tiempo, huesos descarnados; troncos de árboles de formas misteriosas; piedras ahuecadas por el goteo milenario e incesante, redondeadas por el peregrinaje en el lecho cenagoso, pulidas por el roce con la arena; tiestos de una vasija que alguna vez contuvo doblones de oro o los restos de una princesa indígena imaginaría.
De vez en cuando volvíamos la vista para asegurarnos de que el campanario estaba allí, faro piloto de nuestras expediciones infantiles, límite de nuestras temerarias andanzas.
Visualizar el campanario me daba la misma sensación que cuando asido a una frágil rama recobraba la confianza en las temblorosas piernas al caminar por la viga de corona de un tapiado.
El Río tenía dos fases cada año, en la epoca de lluvia venía presuroso, iracundo y turbio, arrancaba árboles y meandros, arrastrándolos en sus aguas turbulentas como islas flotantes, a veces llegaba hasta los conucos, postrando las plantas, dejándolas a su retirada, envueltas en un limo ocre y maloliente.
Incluso arrastraba animales y seres humanos como a Fernando, mi amigo, el hijo de Margarita.
En cambio, en la época de sequía era diáfano y discurría serenamente, cantando con pájaros de la rivera y con el viento en la copa de los árboles.
Para nosotros era siempre hermoso, cuando no podíamos bañarnos en sus aguas lo hacíamos con el agua de las lluvias, que a fin de cuentas eran sus aguas en potencia; las tardes calurosas corríamos a sus riveras en búsqueda de frescor y aventuras.
Una tarde de abril, Rosa y yo nos alejamos caminado por la orilla sinuosa, agarrados de las manos, recién había aceptado mi proposición de hacernos novios, las mariposas de la ilusión aleteaban frenéticas en nuestros corazones juveniles, nuestras venas dolían ensanchadas por la creciente de nuestras sensaciones.
En un lecho de arena improvisado, nos entregamos nuestras virginidades, el viento se llevó mis suplicas y sus negativas incongruentes, el río se llevó los residuos de nuestras excrecencias, nosotros nos llevamos el sentimiento de culpa en nuestras almas inocentes y ella los rubíes de su sangre virginal en la ropa interior.
Apenas se divisaba la torre del campanario.
El domingo siguiente entramos temblorosos al templo, atrás habían quedado los días de monaguillo irreverente en los que me atragantaba con ostias, supuestamente resguardadas por el sagrario inexpugnables, y me balanceaba por los aires pendiendo de las cuerdas que daban vida al pesado bronce de las campanas.
Esa mañana confesamos nuestros pecados, pero no bastó la penitencia para volver a pecar.
Cuando me fui a estudiar a la ciudad, crucé lentamente el camino polvoriento que conduce de la empalizada a la casa, evocando las largas horas que pasaba sentado en el banco de la plaza contemplando el campanario, las conversaciones con el padre Daniel y las caminatas por las orillas del río.
En la ciudad todo es distinto, las campanas son accionadas desde un panel de control electrónico, no tengo quien me demuestre su amor guardándome la comida.
Seres siempre de prisa, con quienes compartes todos los días los mismos cumplidos.
Nunca llegas a saber nada de ellos, son conocidos de paso.
Mi profesión me relaciona con algunas de estas gentes, desesperadas, con viejos y enrevesados conflictos emocionales, el hombre en contra de sí mismo, me recuerdan El Río en la época de lluvias, yo los reconforto diciéndoles: - “su queja es inútil, su problema insignificante a los ojos del universo, su trauma un reto, su futuro una meta”, recordando al Río en verano.
A veces me pregunto, ¿quién me consolará cuando me sienta triste? Y me respondo: No hay razón para estar triste si aceptamos a Dios y sus designios.
En verdad ya no puedo distinguir si es esta mi historia, a lo mejor, le estoy contando su propia historia a Reinaldo, mi amigo que vino a saludarme y a traerme sus versos en mi nonagésimo aniversario, o acaso ¿todas las historias de los seres humanos no tienen en común un río y un campanario?
Quién no ha sentido miedo al perder de vista el campanario y tristeza al darse cuenta de que ya no es la torre más alta del pueblo.
Franklin Santaella Isaac.

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